El cuerpo de la mujer histérica
es la figura de análisis que la medicina del siglo XIX
se dedicó a estudiar (condenar). La histérica
era la mujer orgásmica, la sujeta que derrochaba energía.
Se constituyó en un cuerpo anómalo ejemplar, pariente
de la puta, madre del hermafrodita y hermana del homosexual.
Gracias a la mediación de la medicina, los cuerpos abyectos
adquirieron representación lejos del punitivo cosmos
del pecado cristiano. En 1846 Heinrich Kaan publicó su
Psychopathia sexualis: “de entonces data la relativa autonomización
del sexo respecto del cuerpo, la aparición correlativa
de una medicina, de una “ortopedia” específica,
la apertura, en una palabra, de ese gran dominio médico-psicológico
de las “perversiones”, que relevó a las viejas
categorías morales del libertinaje o el exceso”
(1). Es a partir de estos excesos y perversiones que podemos
rastrear las zonas ilegítimas del cuerpo femenino: lo
que haremos es desnudar a la virgen, ver que hay debajo de su
velo.
El límite entre el cuerpo normado y el cuerpo abyecto
es instaurado en la modernidad por el discurso científico
de finales del siglo XIX. Los cuerpos que no caben dentro de
la lógica sexual del binomio hetero, el ahorro de la
energía sexual y en el caso de la mujer, su rol materno,
son normalizados por dispositivos sexopolíticos que actúan
en todas los espacios de interacción social.
Cuando se viola la norma corporal moderna —por ejemplo
a través de los orgasmos femeninos—, lo que produce
el sistema son monstruos y seres pervertidos. La lógica
del sistema que discursivamente rechaza prácticas alejadas
del canon es la “corrección” de estos cuerpos.
Espacios de corrección son aquellos donde predomina el
acto de la confesión, de extracción de los discursos,
tan propio de nuestra sociedad occidental donde todo “pecado”
pareciera estar destinado a contarse: el sofá médico
del psiquiatra, el confesionario religioso o el profesor de
colegio son instituciones construídas con el objetivo
de almacenar la suficiente información como para mortificar
las conductas prohibidas.
Estos dispositivos son propios del régimen disciplinario-moderno
descrito por Michel Foucault en la “Historia de la Sexualidad
Vol. 1”. Para ilustrar mejor otras “técnicas
de subjetivación”, siguiendo a Foucault, podría
nombrarse la “prisión (…) la expansión
tentacular de la arquitectura doméstica, la división
de lo privado-público, los dispositivos ginecológicos
y la invención de la ortopedia sexual (el corsé,
el speculum, el vibrador médico) y nuevas técnicas
mediáticas de control y representación (fotografía,
cine, pornografía incipiente)” (2).
Si bien los genitales hegemónicos de la diferencia
sexual siguen conviviendo en un régimen pre-moderno,
donde son dependientes de un Estado y una religión trascendental,
deudores de una restricción constante contra sus corporalidades,
no ocurre lo mismo con el ano, espacio donde la norma naturalista
no se involucra demasiado. Es un lugar de constante omisión
para el mundo moderno y que sólo se margina. Oscuridad,
suciedad, excremento, pecado, dolor, omisión son algunos
de las semánticas que rodean este espacio creador de
sujetos perversos.
El ano, así como el clítoris y las secreciones
son hitos corporales que no logran un significado dentro de
la lógica moderna del cuerpo, principalmente porque no
poseen la funcionalidad reproductiva y sólo dejan espacio
al placer, al pecado o al sin sentido. A pesar de esta condición,
la ciencia del incipiente mundo moderno disfrutó creando
conceptos para referirse a estos “hitos” corporales,
porque “estar fuera de la norma es, en cierto sentido,
estar definido todavía en relación con ella”
(3).
Doña Clítoris
El clítoris ha sido objeto de extensas literaturas que
lo describen como el órgano pecaminoso, la ninfa, la
perversión de las sexualidades. Thomas Vicary (cirujano
de Enrique III) hablaba de dos funcionalidades del clítoris:
conducir la orina y suavizar el aire que entra al útero.
Dos características que develan un uso netamente masculino
del órgano, obviando la excitación y el placer
sexual.
Su tamaño se convirtió en todo un problema social
durante el renacimiento y los siglos posteriores, cuando la
cópula heterosexual era lo “natural”: el
clítoris solitario se convertía en una amenaza
para la prosperidad. La masturbación femenina, que prescindía
de un otro masculino, aumentaba el “vicio de servirse
unas de otras carnalmente” (4). A finales del siglo XIX,
el clitorismo no fue sólo símbolo de perversión
y lesbianismo, se convirtió también en señal
de heterosexualidad excesiva, en la marca de la prostituta,
de la Maria Magdalena del nuevo siglo.
Las características de la vagina, desde la Edad Media,
apuntaban a un pene masculinizado. La oposición era sólo
aparente, pues no se trataba de un órgano femenino en
si, sino de una masculinidad invertida en el cuerpo de las mujeres.
Se estableció, ya en el siglo XVIII, una concepción
homoerótica del acto sexual: lo que se frota es el pene
y el clítoris, dos iguales en cuerpos distintos.
Disciplina anal
Un ejemplo de la percepción negativa imperante en ciertas
partes del cuerpo, como el ano, son los castigos que se practicaban
durante la Edad Media a las mujeres que incurrían en
algún error o delito menor. La denominada disciplina
anal consistía en la práctica de introducir objetos
extraños en el ano. Este orificio representaba y sigue
representando una “vergüenza”, una violación
a la intimidad.
La lógica de lo obsceno o lo grotesco que alimenta
las representaciones de la era moderna, además de ser
un “lenguaje no oficial de los pueblos” (Bajtin),
es decir propio de unas clases sociales populares, es cómplice
de una producción sobre lo secreto. Para ser grotesco
en el cuerpo se necesita estar entrando a una neblina desconocida
donde pudiera existir una verdad. Sin duda existe un interés
científico en los hitos corporales pro-pecado, pero es
un deseo cognitivo inventado por un naturalismo. El sexo para
Foucault sería puesto en relieve en la modernidad como
el secreto. Este único secreto ayudaría a mantener
los dispositivos normativos activos para restringir el cuerpo
ante el sin sentido, la verdad que podría ser maligna.
El ano será uno de los grandes marginados del espacio
corporal femenino. Buena parte del trabajo disciplinario del
siglo XIX consistirá en “extraer el ano de los
circuitos de producción de placer. Deleuze y Guattari:
el ano es el primer órgano privatizado, colocado fuera
del campo social” (5). El ano interpretado por la modernidad
como la secreción, la basura orgánica, lo carente
de verdad. Uno de lo dispositivos más sorprendentes que
creó la modernidad burguesa para “controlar”
hitos corporales como el ano fueron los retretes públicos.
Justamente el baño funciona como un dispositivo sexopolítico
moderno donde se vuelve a legitimar la diferencia sexual. “No
se nos pregunta si vamos a cagar o a mear, si tenemos o no diarrea,
nadie se interesa ni por el color ni por la talla de la mierda.
Lo único que importa es el GÉNERO” (6).
La estética que sintetizaría estos órganos
marginados del cuerpo es lo obsceno. Lo obsceno está
relacionado con la pérdida inmediata de la representación
en el escenario público. Esta exclusión es lo
que produce el poder hegemónico contra zonas como el
ano y el clítoris. No podemos definir lo corporal obsceno
sin tropezar con nuevas normativizaciones, pero podemos considerar
el impacto/interés que logra lo obsceno en lo social.
Siguiendo la hipótesis de Foucault, el sistema disciplinario
crea un aura de misterio, amor y odio entorno a lo abyecto corporal.
Habría un secreto escandaloso en estos cuerpos que no
es más que una verdad cubierta en una estética
de lo falso. La obscenidad, sus secreciones, sus deformaciones,
sus desviaciones y lo fecal, son parte de una representación
popular moderna donde lo obsceno es semejante a la muerte, el
fin, el miedo a la vida.
El secreto de lo obsceno
El termino del secreto que guardan los marginados corporales
es “nuestra condición fatal. Si se resuelven todos
los enigmas, las estrellas se apagan. Si todo el secreto es
entregado a lo visible, y más que a lo visible: a la
evidencia obscena, si toda ilusión es entregada a la
transparencia, entonces el cielo se hace indiferente a la tierra”
(7). El apocalipsis relacionado con lo obsceno corporal es la
inminencia del sin sentido, el temor al desorden corporal, a
las orgías constantes –que existen, de alguna forma
el crecimiento del VIH lo demuestra negativamente—. Para
la modernidad existe una obligatoriedad por controlar los cuerpos,
ya sea por medio de la arquitectura o por dispositivos posmodernos
como las píldoras anticonceptivas que crean fertilidad
artificial en la mujer.
Existe una extraña similitud entre lo obsceno y lo transparente.
El primer concepto se constituye justamente a partir de la ausencia
de la norma hegemónica (aunque habría que preguntarse
si no es una nueva producción de esta norma y sus dispositivos),
lo obsceno es transparente en tanto se muestra sin restricciones,
en tanto vivifica la honestidad que se rechaza; es decir, lo
obsceno es también la verdad, la ausencia del simulacro
de lo posmoderno. Sin leyes que dividan o desunan el cuerpo,
libertad corporal encarnada en lo inmundo.
Aquí se genera una paradoja entre el cuerpo obsceno
y el cuerpo inmaculado, la paradoja se da a partir del dispositivo
virginal que actúa en el cuerpo. Tal como la obscenidad
fuera de su norma, es decir en su irrealidad, la virginidad
en la mujer también significa libertad y autonomía.
La Virgen María “mujer de silencio, es precisamente
la mujer de la unidad, del orden de sus facultades. Desde su
mismisidad ha ejercitado a lo largo de su vida actos conscientes
y libres, ha ido poseyendo su libertad más y más
a través de su ejercicio, y así ha ido poseyéndose
cada vez más dominando el mecanismo de la auto-determinación”
(8).
Cualquier tipo de libertad, ese afán de recorrer una
verdad inventada, es placentera. Esto nos demuestra las libertades
en lo obsceno y lo virginal. Las vírgenes instalan su
placer en su contacto con Dios, en su sumisión frente
al falo patriarcal, por esto sería erróneo no
querer ver los espasmos de estas pseudo-mujeres como parte de
un placer. A principios de siglo XX fue George Bataille, haciendo
un estudio de estatuas de vírgenes desde el renacimiento,
quien definió el erotismo de estas mujeres místicas
como “un orgasmo con Dios”. El placer de las vírgenes
es obviamente más restringido, es de una condición
efímera donde se higieniza lo obsceno que pudiera tener
el placer sexual. El dispositivo virginal, junto a aquellos
dispositivos de la diferencia sexual, crea una oposición
de placeres, vuelve—como en todo plano—a crear clases,
razas y distinciones múltiples en torno a lo material.
Placer post sexual
Lo obsceno, ya sea virginal o marginal, sobrepasa el sexo,
la sexualidad y hasta lo pornográfico. Es el ente no
estatuido, un dispositivo de resistencia corporal, una energía
reprimida por una norma hegemónica. Esta fuerza orgásmica
no hace diferenciaciones, el cuerpo posee distintas zonas y
formas a través de la cuales puede alcanzarlo. Pero si
llevamos esta fuerza orgásmica al plano socio-epistemológico
descubriremos cómo genera cambios, moviliza y transforma
lo social. Esta fuerza es denominada por Preciado como potentia
gaudendi, es decir la excitación (total) del cuerpo.
Lo que la identifica es “su carácter no permanente
y altamente maleable, sino y sobretodo, su imposibilidad de
ser poseída o conservada (…) no se deja transformar
en propiedad privada” (9). De esta forma, la energía
orgásmica es una problemática para el capitalismo
y sus valores patriarcales legitimados en sus instituciones.
La energía que restringen dispositivos, por ejemplo,
de la diferenciación sexual se vuelve conflictiva para
las prácticas positivistas que jerarquizan una realidad.
Este exceso de placer es post-sexual ya que arrasa inclusive
con los cánones sexuales. El orgasmo no diferencia entre
hombre o mujer, homosexual o heterosexual, entre clítoris
o glande… Lo obsceno como fuerza o potentia gaudendi “no
es una forma envilecida, caricaturesca y simplificada de la
sexualidad, sino la exacerbación lógica de la
función sexo, lo más sexo que el sexo, el sexo
elevado a la potencia sexual” (10). Desvelaremos el cuerpo
hasta este lugar de exaltación, para continuar tendríamos
que cambiar desde un registro epistemológico sexual crítico
a la experiencia misma con el propio cuerpo, hacer nada más
que arte biográfico.