Construcción del cuerpo obsceno en la modernidad:
EL ANO DE LA MUJER

 

Los discursos de la modernidad han establecido qué partes del cuerpo son susceptibles de ser erotizadas y, al mismo tiempo, cuáles no. La privatización del ano, la patologización del clítoris, la acción del dispositivo virginal y el orgasmo de las vírgenes son algunas de las herramientas que el saber científico y religioso han generado para establecer bio-zonas “inmundas” en el cuerpo de la mujer.

 

Por Cristián Cabello - 13 de septiembre de 2008

 

Editor - Iván Falcón

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El cuerpo de la mujer histérica es la figura de análisis que la medicina del siglo XIX se dedicó a estudiar (condenar). La histérica era la mujer orgásmica, la sujeta que derrochaba energía. Se constituyó en un cuerpo anómalo ejemplar, pariente de la puta, madre del hermafrodita y hermana del homosexual.

Gracias a la mediación de la medicina, los cuerpos abyectos adquirieron representación lejos del punitivo cosmos del pecado cristiano. En 1846 Heinrich Kaan publicó su Psychopathia sexualis: “de entonces data la relativa autonomización del sexo respecto del cuerpo, la aparición correlativa de una medicina, de una “ortopedia” específica, la apertura, en una palabra, de ese gran dominio médico-psicológico de las “perversiones”, que relevó a las viejas categorías morales del libertinaje o el exceso” (1). Es a partir de estos excesos y perversiones que podemos rastrear las zonas ilegítimas del cuerpo femenino: lo que haremos es desnudar a la virgen, ver que hay debajo de su velo.

El límite entre el cuerpo normado y el cuerpo abyecto es instaurado en la modernidad por el discurso científico de finales del siglo XIX. Los cuerpos que no caben dentro de la lógica sexual del binomio hetero, el ahorro de la energía sexual y en el caso de la mujer, su rol materno, son normalizados por dispositivos sexopolíticos que actúan en todas los espacios de interacción social.

Cuando se viola la norma corporal moderna —por ejemplo a través de los orgasmos femeninos—, lo que produce el sistema son monstruos y seres pervertidos. La lógica del sistema que discursivamente rechaza prácticas alejadas del canon es la “corrección” de estos cuerpos. Espacios de corrección son aquellos donde predomina el acto de la confesión, de extracción de los discursos, tan propio de nuestra sociedad occidental donde todo “pecado” pareciera estar destinado a contarse: el sofá médico del psiquiatra, el confesionario religioso o el profesor de colegio son instituciones construídas con el objetivo de almacenar la suficiente información como para mortificar las conductas prohibidas.

Estos dispositivos son propios del régimen disciplinario-moderno descrito por Michel Foucault en la “Historia de la Sexualidad Vol. 1”. Para ilustrar mejor otras “técnicas de subjetivación”, siguiendo a Foucault, podría nombrarse la “prisión (…) la expansión tentacular de la arquitectura doméstica, la división de lo privado-público, los dispositivos ginecológicos y la invención de la ortopedia sexual (el corsé, el speculum, el vibrador médico) y nuevas técnicas mediáticas de control y representación (fotografía, cine, pornografía incipiente)” (2).

Si bien los genitales hegemónicos de la diferencia sexual siguen conviviendo en un régimen pre-moderno, donde son dependientes de un Estado y una religión trascendental, deudores de una restricción constante contra sus corporalidades, no ocurre lo mismo con el ano, espacio donde la norma naturalista no se involucra demasiado. Es un lugar de constante omisión para el mundo moderno y que sólo se margina. Oscuridad, suciedad, excremento, pecado, dolor, omisión son algunos de las semánticas que rodean este espacio creador de sujetos perversos.

El ano, así como el clítoris y las secreciones son hitos corporales que no logran un significado dentro de la lógica moderna del cuerpo, principalmente porque no poseen la funcionalidad reproductiva y sólo dejan espacio al placer, al pecado o al sin sentido. A pesar de esta condición, la ciencia del incipiente mundo moderno disfrutó creando conceptos para referirse a estos “hitos” corporales, porque “estar fuera de la norma es, en cierto sentido, estar definido todavía en relación con ella” (3).

Doña Clítoris

El clítoris ha sido objeto de extensas literaturas que lo describen como el órgano pecaminoso, la ninfa, la perversión de las sexualidades. Thomas Vicary (cirujano de Enrique III) hablaba de dos funcionalidades del clítoris: conducir la orina y suavizar el aire que entra al útero. Dos características que develan un uso netamente masculino del órgano, obviando la excitación y el placer sexual.

Su tamaño se convirtió en todo un problema social durante el renacimiento y los siglos posteriores, cuando la cópula heterosexual era lo “natural”: el clítoris solitario se convertía en una amenaza para la prosperidad. La masturbación femenina, que prescindía de un otro masculino, aumentaba el “vicio de servirse unas de otras carnalmente” (4). A finales del siglo XIX, el clitorismo no fue sólo símbolo de perversión y lesbianismo, se convirtió también en señal de heterosexualidad excesiva, en la marca de la prostituta, de la Maria Magdalena del nuevo siglo.

Las características de la vagina, desde la Edad Media, apuntaban a un pene masculinizado. La oposición era sólo aparente, pues no se trataba de un órgano femenino en si, sino de una masculinidad invertida en el cuerpo de las mujeres. Se estableció, ya en el siglo XVIII, una concepción homoerótica del acto sexual: lo que se frota es el pene y el clítoris, dos iguales en cuerpos distintos.

Disciplina anal

Un ejemplo de la percepción negativa imperante en ciertas partes del cuerpo, como el ano, son los castigos que se practicaban durante la Edad Media a las mujeres que incurrían en algún error o delito menor. La denominada disciplina anal consistía en la práctica de introducir objetos extraños en el ano. Este orificio representaba y sigue representando una “vergüenza”, una violación a la intimidad.

La lógica de lo obsceno o lo grotesco que alimenta las representaciones de la era moderna, además de ser un “lenguaje no oficial de los pueblos” (Bajtin), es decir propio de unas clases sociales populares, es cómplice de una producción sobre lo secreto. Para ser grotesco en el cuerpo se necesita estar entrando a una neblina desconocida donde pudiera existir una verdad. Sin duda existe un interés científico en los hitos corporales pro-pecado, pero es un deseo cognitivo inventado por un naturalismo. El sexo para Foucault sería puesto en relieve en la modernidad como el secreto. Este único secreto ayudaría a mantener los dispositivos normativos activos para restringir el cuerpo ante el sin sentido, la verdad que podría ser maligna.

El ano será uno de los grandes marginados del espacio corporal femenino. Buena parte del trabajo disciplinario del siglo XIX consistirá en “extraer el ano de los circuitos de producción de placer. Deleuze y Guattari: el ano es el primer órgano privatizado, colocado fuera del campo social” (5). El ano interpretado por la modernidad como la secreción, la basura orgánica, lo carente de verdad. Uno de lo dispositivos más sorprendentes que creó la modernidad burguesa para “controlar” hitos corporales como el ano fueron los retretes públicos. Justamente el baño funciona como un dispositivo sexopolítico moderno donde se vuelve a legitimar la diferencia sexual. “No se nos pregunta si vamos a cagar o a mear, si tenemos o no diarrea, nadie se interesa ni por el color ni por la talla de la mierda. Lo único que importa es el GÉNERO” (6).

La estética que sintetizaría estos órganos marginados del cuerpo es lo obsceno. Lo obsceno está relacionado con la pérdida inmediata de la representación en el escenario público. Esta exclusión es lo que produce el poder hegemónico contra zonas como el ano y el clítoris. No podemos definir lo corporal obsceno sin tropezar con nuevas normativizaciones, pero podemos considerar el impacto/interés que logra lo obsceno en lo social. Siguiendo la hipótesis de Foucault, el sistema disciplinario crea un aura de misterio, amor y odio entorno a lo abyecto corporal. Habría un secreto escandaloso en estos cuerpos que no es más que una verdad cubierta en una estética de lo falso. La obscenidad, sus secreciones, sus deformaciones, sus desviaciones y lo fecal, son parte de una representación popular moderna donde lo obsceno es semejante a la muerte, el fin, el miedo a la vida.

El secreto de lo obsceno

El termino del secreto que guardan los marginados corporales es “nuestra condición fatal. Si se resuelven todos los enigmas, las estrellas se apagan. Si todo el secreto es entregado a lo visible, y más que a lo visible: a la evidencia obscena, si toda ilusión es entregada a la transparencia, entonces el cielo se hace indiferente a la tierra” (7). El apocalipsis relacionado con lo obsceno corporal es la inminencia del sin sentido, el temor al desorden corporal, a las orgías constantes –que existen, de alguna forma el crecimiento del VIH lo demuestra negativamente—. Para la modernidad existe una obligatoriedad por controlar los cuerpos, ya sea por medio de la arquitectura o por dispositivos posmodernos como las píldoras anticonceptivas que crean fertilidad artificial en la mujer.

Existe una extraña similitud entre lo obsceno y lo transparente. El primer concepto se constituye justamente a partir de la ausencia de la norma hegemónica (aunque habría que preguntarse si no es una nueva producción de esta norma y sus dispositivos), lo obsceno es transparente en tanto se muestra sin restricciones, en tanto vivifica la honestidad que se rechaza; es decir, lo obsceno es también la verdad, la ausencia del simulacro de lo posmoderno. Sin leyes que dividan o desunan el cuerpo, libertad corporal encarnada en lo inmundo.

Aquí se genera una paradoja entre el cuerpo obsceno y el cuerpo inmaculado, la paradoja se da a partir del dispositivo virginal que actúa en el cuerpo. Tal como la obscenidad fuera de su norma, es decir en su irrealidad, la virginidad en la mujer también significa libertad y autonomía. La Virgen María “mujer de silencio, es precisamente la mujer de la unidad, del orden de sus facultades. Desde su mismisidad ha ejercitado a lo largo de su vida actos conscientes y libres, ha ido poseyendo su libertad más y más a través de su ejercicio, y así ha ido poseyéndose cada vez más dominando el mecanismo de la auto-determinación” (8).

Cualquier tipo de libertad, ese afán de recorrer una verdad inventada, es placentera. Esto nos demuestra las libertades en lo obsceno y lo virginal. Las vírgenes instalan su placer en su contacto con Dios, en su sumisión frente al falo patriarcal, por esto sería erróneo no querer ver los espasmos de estas pseudo-mujeres como parte de un placer. A principios de siglo XX fue George Bataille, haciendo un estudio de estatuas de vírgenes desde el renacimiento, quien definió el erotismo de estas mujeres místicas como “un orgasmo con Dios”. El placer de las vírgenes es obviamente más restringido, es de una condición efímera donde se higieniza lo obsceno que pudiera tener el placer sexual. El dispositivo virginal, junto a aquellos dispositivos de la diferencia sexual, crea una oposición de placeres, vuelve—como en todo plano—a crear clases, razas y distinciones múltiples en torno a lo material.

Placer post sexual

Lo obsceno, ya sea virginal o marginal, sobrepasa el sexo, la sexualidad y hasta lo pornográfico. Es el ente no estatuido, un dispositivo de resistencia corporal, una energía reprimida por una norma hegemónica. Esta fuerza orgásmica no hace diferenciaciones, el cuerpo posee distintas zonas y formas a través de la cuales puede alcanzarlo. Pero si llevamos esta fuerza orgásmica al plano socio-epistemológico descubriremos cómo genera cambios, moviliza y transforma lo social. Esta fuerza es denominada por Preciado como potentia gaudendi, es decir la excitación (total) del cuerpo. Lo que la identifica es “su carácter no permanente y altamente maleable, sino y sobretodo, su imposibilidad de ser poseída o conservada (…) no se deja transformar en propiedad privada” (9). De esta forma, la energía orgásmica es una problemática para el capitalismo y sus valores patriarcales legitimados en sus instituciones. La energía que restringen dispositivos, por ejemplo, de la diferenciación sexual se vuelve conflictiva para las prácticas positivistas que jerarquizan una realidad.

Este exceso de placer es post-sexual ya que arrasa inclusive con los cánones sexuales. El orgasmo no diferencia entre hombre o mujer, homosexual o heterosexual, entre clítoris o glande… Lo obsceno como fuerza o potentia gaudendi “no es una forma envilecida, caricaturesca y simplificada de la sexualidad, sino la exacerbación lógica de la función sexo, lo más sexo que el sexo, el sexo elevado a la potencia sexual” (10). Desvelaremos el cuerpo hasta este lugar de exaltación, para continuar tendríamos que cambiar desde un registro epistemológico sexual crítico a la experiencia misma con el propio cuerpo, hacer nada más que arte biográfico.

 
Notas

(1) FOUCAULT, Michel. Historia de la Sexualidad I. Editorial, Siglo Veintiuno 2002. Pág. 143
(2) PRECIADO, Beatriz. Testo Yonqui. Espasa, 2007. Pág. 63
(3) BUTLER, Judith. Deshacer el género. Ed. Paidòs, 2006. Pág. 69
(4) LAQUEUR, Thomas. Amor veneris, vel dulcedo appeletur.
(5) PRECIADO, Beatriz. Testo Yonqui. Espasa, 2007. Pág. 59
(6) PRECIADO, Beatriz. Basura y Género. Mear/Cagar. Masculino/Femenino. En caosmosis.acracia.net
(7) BAUDRILLARD, Jean. Las estrategias fatales. Anagrama. Pág. 55
(8) FIGARI, Luis. La libertad de Maria. Revista Humanitas Nº4, 1996. Pág. 529
(9) PRECIADO, Beatriz. Testo Yonqui. Espasa, 2007. Pág. 39
(10) BAUDRILLARD, Jean. Las estrategias fatales. Anagrama. Pág. 50

 
Comenta el artículo en el chat!