Aunque estaba claro desde el principio que el libro (1) se centraría en la definición sexual del hombre, los instrumentos teóricos para trazar un límite circunferencial en torno a ese centro se han vuelto esquivos; han cambiado perceptiblemente incluso en la elaboración de este texto. En especial, se hallan en una fase de cambio y porvenir desestabilizadores de los marcos interpretativos que las escritoras, lectoras e interlocutoras lesbianas han utilizado para reflexionar sobre las cuestiones de homo y heterosexualidad relativas al hombre.
El marco interpretativo lésbico que predominaba al inicio de este trabajo era el feminista separatista, que surgió en los años setenta. De acuerdo con este marco teórico, en esencia no había argumentos válidos para encontrar puntos en común entre la experiencia y la identidad de los hombres gays y de las lesbianas; por el contrario, las mujeres que amaban a las mujeres y los hombres que amaban a los hombres debían de estar precisamente en los extremos opuestos del espectro relativo al género. Las suposiciones que había en juego eran en efecto radicales; aún más importante, como trataremos con más detalle en el próximo capítulo, era el revisionismo increíblemente eficaz, en términos femeninos, del deseo entre las personas del mismo sexo, que ocupaba el mismo centro de definición de cada género más que una posición transgenérica o liminar entre ambos. Así, se consideraba más femeninas a las mujeres que amaban a las mujeres y posiblemente más masculinos a los hombres que amaban a los hombres que a las personas cuyo deseo cruzaba las fronteras de género. Desde esta perspectiva, el eje de la sexualidad no sólo era exactamente coextensivo con el eje del género, sino que expresaba su máxima esencia: “El feminismo es la teoría; el lesbianismo la práctica”. Por analogía, la homosexualidad masculina podía ser vista –y a menudo lo era- como la práctica para la cual la supremacía masculina era la teoría (2). Evidentemente, este marco separatista de géneros conllevaba a la vez que impulsaba una lectura particular de la historia moderna del género. De acuerdo, por ejemplo, con la concepción de Adrienne Rich de que muchos aspectos de los vínculos existentes entre mujeres constituyen un “continuo lésbico”, esta teoría, hallada en su forma más pura en el trabajo de Lilian Faderman, desenfatizaba las discontinuidades y alteraciones conceptuales entre las formas de vinculación afectiva entre mujeres, más y menos sexualizadas, más y menos prohibidas, y más y menos identificadas con el género (3). En la medida en que el objeto sexual lésbico se consideraba como la personificación de una especificidad de la experiencia y resistencia femeninas, en la medida en que también imperaba una concepción simétricamente opuesta en relación al objeto sexual del hombre gay, y en la medida en que el feminismo necesariamente planteaba las experiencias e intereses masculinos y femeninos como diferentes y opuestos, todo ello implicaba que el análisis de la definición masculina de homo y heterosexualidad podía ofrecer poco o ningún interés o posibilidad para el trabajo teórico lésbico. De hecho, el poderoso ímpetu de un esquema ético feminista de géneros polarizados hizo posible que una lectura profundamente antihomofóbica del deseo lesbiano (como quintaesencia de la mujer) estimulara, en consecuencia, una lectura homofóbica del deseo gay masculino (como quintaesencia del hombre).
Sin embargo, desde finales de los años setenta han surgido diversos desafíos a esta concepción de confrontación entre los deseos e identidades lesbianas y gays, que han llevado a la nueva perspectiva de que es posible que las lesbianas y los hombres gays compartan aspectos importantes, aunque polémicos, de sus respectivas historias, culturas, identidades, políticas y destinos. Estos desafíos han surgido a consecuencia de las “guerras sexuales” dentro del feminismo en torno a la pornografía y el sadomasoquismo, que para muchas feministas partidarias del sexo parecían revelar una devastadora continuidad entre una cierta concepción feminista anteriormente privilegiada que pregonaba una identidad femenina resistente, por una parte, y las construcciones burguesas más represivas del siglo diecinueve sobre una esfera de pura feminidad, por otra parte. Estas nuevas concepciones también surgieron a consecuencia de la reivindicación y relegitimación de la valiente historia de imitación e identificación masculina de algunas lesbianas (4). Junto a esta nueva visibilidad histórica de las lesbianas que se autodefinían como masculinas, también se pusieron de manifiesto los diversos modos en que las identidades homosexuales masculina y femenina habían sido construidas a través de su mutua interrelación durante el siglo XIX –por parte de los diversos discursos homofóbicos de los expertos, pero también, y de modo igualmente activo, por gran parte de hombres gays y lesbianas (5). La irrefrenable cultura popular interclasista en la que James Dean ha sido un símbolo tan numinoso para las lesbianas como la Garbo o la Dietrich para los hombres gays parece resistirse a una teorización puramente feminista (6). En este contexto se han desarrollado las exhortaciones a un eje teórico de la sexualidad diferente al del género. Además, después de que el feminismo liberal contrario al sadomasoquismo y la pornografía evolucionara hacia el encasillamiento y estigmatización de algunas sexualidades y uniera sus energías con las de las sanciones conservadoras establecidas desde hacía más tiempo contra todas las formas de “desviación” sexual, sólo faltaba que con motivo del terrible accidente de la epidemia del VIH y los determinismos espantosamente genocidas del discurso del sida se reconstruyera una categoría de los pervertidos suficientemente amplia para dar cabida a los homosexuales de cualquier género. La homofobia nuevamente virulenta de los años ochenta, dirigida por igual contra mujeres y hombres, a pesar de que su pretexto médico lógicamente otorga un privilegio relativo de exención a las lesbianas (7), recuerda que son más los amigos que los enemigos quienes perciben a las mujeres lesbianas y a los hombres gays como grupos distintos. Del mismo modo, la perspectiva interna de los movimientos gays muestra que las mujeres y los hombres, aunque todavía de forma conflictiva y desigual, trabajan cada vez más juntos en las agendas mutuamente antihomofóbicas. La contribución actual de las lesbianas al activismo gay y contra el sida es importante, y no a pesar, sino gracias a la mediación de las lecciones del feminismo. Las perspectivas feministas en los campos de la medicina y la asistencia sanitaria, la desobediencia civil y las políticas de clase y de raza, así como de sexualidad, han posibilitado de forma fundamental las oleadas recientes de activismo en la lucha contra el SIDA. Lo que este activismo reporta a las lesbianas que participan en él puede que incluya una variedad más rica y plural de actitudes relativas al género y a la identificación sexual.
De este modo, ya no puede tener sentido, si alguna vez lo tuvo, el suponer sin más que un análisis de la definición de homo/heterosexualidad referida al hombre no tiene relevancia o interés lésbico. Al mismo tiempo, no hay algoritmos para anticipar qué relevancia puede tener o en qué medida puede extenderse su interés lésbico a mí me parece inevitable que la tarea de definición de los límites circunferenciales de cualquier articulación teórica referida a los hombres gays en relación a la experiencia e identidad lesbianas sólo puede hacerse desde el punto de vista de un espacio teórico feminocéntrico alternativo y no desde el núcleo de la propia teoría gay referida al hombre.
De todos modos, por muy interesante que sea entender esos límites y sus consecuencias, el proyecto de este libro no contempla su análisis. Esta limitación parece perjudicial sobretodo en la medida en que se haga eco y prolongue un eclipse ya extendido de forma vergonzosa: la medida en que la experiencia y la definición sexual –específicamente homosexual- de las mujeres tienden a ser subsumidas bajo las de los hombres durante el período principalmente analizado en este trabajo, las postrimerías del siglo diecinueve, y que de nuevo son susceptibles a ser subsumidas en este análisis. Si se pudiera delimitar el alcance de esta subsumción con precisión, sería menos destructiva, pero la “subsumción” no es una estructura fácil de precisar. El problema es evidente incluso en el ámbito de la nomenclatura y afecta, obviamente, a la de este libro por igual que a la de cualquier otro. Ya he hablado anteriormente sobre las opciones concretas de uso que aquí se hacen y, de acuerdo con las mismas, la “teoría gay” que vengo comparando con la teoría feminista no se refiere exclusivamente a la teoría gay masculina, pero a efectos de esta comparación incluye la teoría lesbiana sólo en la medida en que (a) no es únicamente coextensiva con la teoría feminista (p. ej., no subsume por completo la sexualidad bajo el género) y (b) no niega a priori la continuidad teórica entre la homosexualidad masculina y el lesbianismo. Pero de nuevo, el alcance, la construcción, el significado y, sobretodo, la historia de esta continuidad teórica –ni mencionar cabe sus consecuencias para la práctica política- deben abrirse a todo tipo de interrogantes. El hecho de que la teoría gay, bajo esta definición y a propósito de la experiencia lesbiana, aún puede incluir enérgicamente el pensamiento feminista es algo que demuestran trabajos tan diferentes como los de Gayle Rubin, Audre Lodre, Katie King y Chirríe Moraga.
NOTAS :
(1) N. del E.: Se refiere al libro “Epistemología del Armario”, del cual fue extraído este texto.
(2) Véase, entre otros trabajos, Marilyn Frye, The Politics of Reality: Essays in Feminist Theory (Trumansburg, N.Y.: The Crossing Press, 1983), y Luce Irigaray, This Sex Wich Is Not One , trad. Catherine Porter con Carolyn Burke (Ithaca: Cornell University Press, 1985), pp. 170-191.
(3) Adrienne Rich, “Compulsory Heterosexuality and Lesbian Existence”, Women, Sex, and Sexuality , eds. Catharine R. Stimpson y Ethel Spector Person (Chicago: University of Chicago Press, 1980), pp. 62-91; Lilian Faderman, Surpassing the Love of Men (Nueva York: William Morrow, 1982).
(4) Véase, por ejemplo, Esther Newton, “The Mythic Mannish Lesbian: Radclyffe Hall and the New Woman”, The Lesbian Issue: Essays from SIGNS , eds. Estelle B. Freedman, Barbara C. Gelpi, Susan L. Johnson y Kathleen M. Weston (Chicago: University of Chicago Press, 1985), pp. 7-25; Joan Nestle, “Butch-Fem Relationships”, pp. 21-24, y Amber Hollibaugh y Cherríe Moraga, “What We're Rollin' Around in Bed With”, pp. 58-62, ambos en Heresies 12, n°3 (1981); Sue-Ellen Case, “Towards a Butch-Femme Aesthetic”, Discourse: Journal for the Theoretical Studies in Media and Culture 11, n°1 (otoño-invierno 1988-1989); 55-73; de Lauretis, “Sexual Indifference”; y mi “Across Gender, Across Sexuality: Willa Cather and Others”, SAQ 88, n°1 (invierno 1989): 53-72.
(5) En relación con este tema, véase, entre otros trabajos, Judy Grahn, Another Mother Tongue: Gay Words, Gay Worlds (Boston: Beacon Press, 1984).
(6) Sobre James Dean, véase Sue Holding, “James Dean: The Almost-Perfect Lesbian Hermaphrodite” On Our Backs (invierno 1988): 18-19, 39-44.
(7) Evidentemente, con esto no quiero sugerir que las lesbianas tengan menos probabilidades que las personas de cualquier otra sexualidad para contraer el virus del VIH cuando realizan actos sexuales de riesgo (bastante habituales) con personas que ya lo tienen (y hay muchas, incluyendo a las lesbianas). En este particular conflicto de paradigma entre un discurso sobre la identidad sexual y un discurso sobre los actos sexuales, la primera alternativa es excepcionalmente perjudicial. Nadie debería querer reforzar el mito de que la epidemiología del SIDA es cosa de una serie de “grupos de riesgo” diferenciados más que de actos concretos que pueden requerir formas concretas de profilaxis. Este mito es peligroso para los que se autoidentifican o son públicamente identificados como hombres gays y personas drogodependientes porque los convierte en chivos expiatorios, y peligroso para los demás porque los desincentiva a protegerse a sí mismos y a sus compañeros de cama o de aguja. Sin embargo, por una variedad de motivos, entre ellos que acuden con menos frecuencia a realizarse un “prueba” de detección, la incidencia del VIH entre las lesbianas ha sido menor que entre muchos otros grupos.